Un salvavidas pinchado

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La ex titular del FMI, Christine Lagarde, expresó recientemente que, sin la ayuda del FMI, la situación argentina sería mucho peor porque, al momento de gestionarse el apoyo de la entidad, el escenario era particularmente difícil para el país.

Es una verdad a medias. Es cierto que la Argentina llegó a la gigantesca crisis del año pasado sin ayuda. Lo hizo por sus propios medios o, más precisamente, por la pésima política económica llevada a cabo por su gobierno. Pero el FMI le tiró un salvavidas pichado. Cuando terminó de desinflarse, el país quedó en medio del mar, muerto de frío y ya sin fuerzas para intentar seguir a nado. Más grave aún: si bien debía controlar periódicamente el estado del salvavidas, no reaccionó hasta que estuvo completamente desinflado.

Lagarde busca ahora salvar la ropa, porque fue duramente cuestionada por la también pésima gestión del organismo crediticio internacional. Su fracaso se debe, sin duda, a usar un salvavidas en mal estado y a no querer darse cuenta de que se estaba desinflando. No se justifica tirar un salvavidas que no sirve y dejar a la víctima más indefensa que antes de haber caído al agua. La larga experiencia del FMI debería servir, por lo menos, para garantizar la calidad de los salvavidas que utiliza.

Se dijo en la Argentina que el problema fue el gradualismo de los dos primeros años de gobierno y que con el nuevo y brutal ajuste que se comenzó a aplicar a partir del acuerdo con el FMI íbamos por fin a recuperar fuerzas para seguir adelante. Pero pese al sufrimiento colectivo, de las empresas y sus trabajadores, la situación no hizo más que agravarse.

“En realidad, debió hacerse el ajuste de entrada”, afirmaron entonces los defensores de la estrategia del gobierno y el FMI. O sea, debía aplicarse un brutal ajuste en 2016 aunque llevara a un cierre masivo de empresas y al empobrecimiento de la población. De esa forma podría reducirse rápidamente la inflación. Para el ajuste, las únicas ideas que se barajaron es que el gobierno, además de subir brutalmente las tarifas, despidiera un millón de empleados públicos y redujera drásticamente el gasto social (particularmente las jubilaciones) que consumen largamente el 60% del presupuesto. Reduciría de esa forma el mercado interno y las importaciones y aumentaría los saldos exportables. Claro, en ese caso -y eso era lo único en lo que acertaban en el gobierno-, se iban a perder inexorablemente las elecciones de medio término y la conflictividad social traería aparejado más riesgo país aún que la crisis económica. La idea de una rápida recuperación después de dos años de doloroso ajuste es falsa. Sin mercado interno (destruido por la caída de empresas, salarios y el desempleo) no hay recuperación posible, ni viabilidad política y social. Argentina tiene un problema estructural que no se resuelve volviendo al proyecto de la generación de 1880.

Ensayar otro camino parece sin duda difícil, quizás imposible. Pero el camino que se eligió, y no sólo la mala gestión, llevan necesariamente al fracaso.