Consecuencias de un grave error de diagnóstico

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Desde el gobierno se acostumbra afirmar cuando aparece algún indicador positivo que finalmente la economía comienza una etapa favorable que se proyectará al largo plazo.

Un ejemplo elocuente fue la afirmación del presidente Mauricio Macri de que la inflación estaba en baja el día anterior al que el INDEC publicara que era mayor. En realidad, la inflación no sólo subió en enero, sino significativamente en febrero. Aunque aún no se sabe, en marzo sin duda será mayor a la de enero. Por otra parte, aunque los fuertes ajustes tarifarios se suspenderán en el período electoral, es sabido que antes o después de los comicios se producirá una nueva devaluación del peso, ya que hoy el valor de la divisa sólo está contenido por gigantescos niveles de tasas de interés que son insostenibles.

Días pasados, al difundirse indicadores del nivel de actividad, se advirtió que muchos de ellos mostraban leves mejoras intermensuales. Aunque las caídas interanuales continuaban siendo gigantescas, desde la conducción económica elevaron a Presidencia un informe donde se aseguraba que la recesión tocó su piso. Ello es imposible. Los cierres, despidos y programas preventivos de crisis que todos los días aplican las grandes empresas, unido a la caída de centenares de pymes y comercios, implican que la masa salarial disminuye y ello, sumado a una inflación creciente, tiende a reducir el mercado interno, del que se nutre la mayor parte de la economía argentina. La construcción está severamente restringida por el ajuste fiscal y la inversión, según todos los analistas y el propio gobierno, se encuentra destinada a caer por la incertidumbre electoral. Además, con una caída en la utilización de la capacidad instalada de la industria al 56%, la más baja desde 2002, no se justifican nuevas inversiones.

Lo que ocurre es que el gobierno parte de un profundo error de diagnóstico. Estima que los únicos problemas que tiene la Argentina son el déficit fiscal y la elevada presión impositiva, ignorando el desequilibrio estructural del sector externo y de la industria nacional.

De esa forma, cuando lleva el ajuste fiscal en forma gradual, no lleva a mejorar las expectativas favorables en los mercados y las divisas se van más rápido de lo que entran, dejándonos la pesada carga de la deuda.

Si se dispone un shock como en la actualidad, la caída del PBI es tan violenta que disminuye sustancialmente la base imponible, que se nutre de la actividad económica. Se inicia así un círculo vicioso de ajuste, caída de la recaudación, necesidad de más ajuste y más caída de la recaudación.

En cambio, si junto al ajuste fiscal, aplicado en forma gradual para no afectar la actividad económica, se aplican fuertes políticas activas sobre el sector externo y de desarrollo industrial, la situación cambia sustancialmente.

Con el actual programa, el empeoramiento de la situación económica es la regla y los indicadores favorables son la excepción.